Jackie Brown capítulo 2

CAPÍTULO 2: EL DÍA QUE MANCILLÉ UN PORTAL

La siguiente historia está basada en hechos reales. Los nombres y localizaciones han sido alterados para la protección de la imagen e integridad de las personas involucradas.

¿Cómo se ligaba cuando no existía Tinder? ¿La gente iba por la calle seleccionando con la mirada a futuras presas? ¿O preferían someterse a la voluntad aleatoria del alcohol? Yo, como buena usuaria y cuasi accionista de Tinder, me cuesta soberanamente acordarme de las técnicas y costumbres del ligoteo cara a cara, cuerpo a cuerpo, del ligue de toda la vida, del de discoteca rancia, copa de garrafón y empotramientos en barras de aluminio. Porque siendo sinceras, y miente cual bellaca quien me contradiga, la gran mayoría de nuestros ligues han sido causados por borracheras espesas y furtivas, de las que te levantas al día siguiente con voz grave, boca pastosa y mente aturdida. Sí, esas mismas borracheras que nublan tu recuerdo: “¿Se puso condón?”, “Mierda, ¿dónde dejé mi ropa interior?”.

Aunque nunca he necesitado del alcohol para desinhibirme y dar rienda suelta a mis intentos de seducción, el vodka potencia de tal manera mi personalidad de mujer fatal que olvido por completo las normas de comportamiento humano y todas las lecciones de moral que aprendí en la escuela católica. Aquella noche de invierno, por ejemplo, me olvidé incluso de que estaba en un portal.

En la última tarde de mi viaje a Londres, mi mejor amigo y yo decidimos unirnos al plan de sus compañeros de piso y sus colegas de clase. En aquel pub plagado de modernos de libro e imitadores de Amy Winehouse, identifiqué a un chico bastante atractivo que estaba en nuestro grupo: alto, ojeroso, con un parecido innegable al freak de Mentes Criminales, y con un acento inglés que me acaloraba. Con la primera cerveza, yo ya estaba a su lado:

-“Hola” – dije con la voz dulce de una niña que nunca ha roto ningún plato, pero que luego se las come de dos en dos.

-“Hola, soy Julian” – ¡oh sí, Julian, hazme tuya! – “¿Cómo estás?”

La conversación y las cervezas fluían entre risas, susurros y confidencias. Ya sabía que se apellidaba Roberts (sí, sus padres le llamaron Julian Roberts), que procedía de las afueras y que había compartido su niñez con cuatro hermanos y un Golden Retriever llamado Tim. Con tal nivel de detalle, yo lo tenía claro: esa noche, follaba. ¿Por qué sino el chico había pasado toda la velada a mi lado, riéndose de mis bromas, comentando lo adorable que era mi acento español y mirando con escaso disimulo mi escote? Vamos, lo tenía hecho.

Dejamos el bar, y nos acomodamos en el piso de mi amigo. Exploté la excusa de la calefacción y me quedé con una sugerente camisilla interior que dejaba entrever el encaje rosa del sujetador.

-“Perdona, de verdad. Con tanto cambio de temperatura, me voy a poner mala” – comenté mientras me abanicaba con la mano y zarandeaba mis pechos en su cara.

Él me dedicó una sonrisa, lo que entendí como una señal clara de que le gustaba lo que veía. Así que reanudé el juego y comencé a ser aún más descarada. Con el último sorbo de la sexta copa de la noche, le lancé un híbrido entre beso y lametazo en el cuello, mientras mi mano se posaba en su ingle. Ahí, fuerte, dejando claras mis intenciones.

Pero, en un giro inesperado de la trama, Julian se revolvió en su sitio, se distanció y comentó que estaba conociendo a alguien y que aquello no estaba bien.

– “Oh”

Solo pude articular un mísero “oh”. Eso sí, en mi mente intentaba descifrar la razón por la que me frenaba después de haber coqueteado conmigo, de haberme observado las tetas como si hubiera extraviado algo en su interior, y de haberme lanzado mil y una indirectas. ¿Acaso era Julian uno de los precursores de la pesca deportiva? ¿Era él uno de los muchos ejemplo de ligoncete cobarde que, para sentirse más hombre, liga, pero luego devuelve su presa al mar? ¿Sabéis de qué tipo de chico os hablo? Andan por ahí sueltos, posiblemente apoyados en la barra de cualquier discoteca, esperando a la próxima chica que se acerqué a pedir una bebida para iniciar una conversación casual. Son los mismos que juegan incansables con la fina línea que separa la fidelidad de la amistad.

-“Perdona” – contestó él con la voz quebrada – “Debería irme”.

– “Voy contigo, necesitas las llaves para abrir abajo” – arramblé con el llavero de mi amigo y le acompañé al portal. Antes de abrir la puerta, me di la vuelta y lo arrinconé.

-“¿Por qué tienes que irte?”

-“Te lo he dicho, este no es un buen momento para mí. Esto no está bien”.  

¿Recordáis cuando os mencioné que el vodka multiplica mis dotes de femme fatale? Pues este día fue cuando lo descubrí. Haciendo oídos sordos a sus palabras, le miré lascivamente, me agaché para abrirle la bragueta, y le lamí su querido miembro una única vez.

-“¿Y esto está bien o no?” – olé, mis ovarios.

Y a esto sí que no pudo negarse. Había esquivado mis insinuaciones, mis armas de mujer, mi camiseta apretada y mi push up, pero no pudo rechazar a una morena que le miraba desde abajo. Se dejó llevar y ahora era él quien me empotraba contra la puerta de un vecino.

¡Qué bien me lo había montado (y me montaba él)! Aquel polvo me sabía al triunfo de un trabajo bien hecho, de una pesca finalizada. Sin embargo, en el momento más espléndido y álgido, alguien nos hizo una visita. No, no era ningún habitante del edificio, tampoco mi amigo que quisiese recuperar sus llaves, ni ninguno de sus compañeros de clase que quisiesen recuperarlo a él.  No. Fue la regla, bajando intrépida, imparable, manchando todo a su paso: su rabo, mis piernas, mis manos… Tardé unos minutos en darme cuenta y, para entonces, ya me daba igual. No iba a detenernos. 

No recuerdo exactamente cuándo apoyé mi mano sobre la pared, pero lo hice, cual  Rafiki dibujando a Simba en el tronco de la palmera. Y de la misma manera que la silueta del león quedaría para la posteridad en la sabana, mi marca quedó para siempre en el portal de mi amigo.

simba

Firmado: Jackie Brown

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