Jackie Brown capítulo 1

PRESENTACIÓN DE LA SECCIÓN:

Llevo un tiempo queriendo hacer esto: coger un papel en blanco e impregnarlo de mis memorias, como si de una gran líder me tratara. Si bien mi trabajo no merece ser contado , los entresijos de mi vida personal, los aires exhibicionistas de mi personalidad ebria y mis líos de cama merecen capítulos enteros, estanterías llenas de libros y una superproducción al más estilo de HBO. Me río yo de Girls…

 No me malinterpretéis, mi vida no es una réplica de las películas de Lucía Lapiedra (aunque un buen par de tetas sí que tengo…), ni siquiera una sombra de las peores escenas de serie B del porno. Pero sí que tengo unas cuantas historias que deben ser pregonadas para divertir a todo hijo de vecino. Bueno y no solo divertir… apuesto mi pecho izquierdo (que es el más grande) que a todas nos ha pasado lo mismo. Todas hemos salido muy dignamente de casas de aleatorios, con el rímel hasta la mandíbula, el pintalabios rojos hasta en la nariz (y en su rabo), los tacones llevados como dagas en nuestros pies y con ese olor particular que se produce cuando se mezcla el sexo, el red bull y la vergüenza. Y mientras ponemos nota a la actuación sucia del chaval en el whatsapp del grupo, miradas de sospecha se cruzan en nuestro camino. “Sí, señora he follado, puede continuar su paso” he chillado en mi mente a esa típica señora de pelo corto, perlas y abrigo de piel que pasea una domingo para juzgar a las chicas como nosotras: las que follamos sin saber el nombre del amigo y luego no se quedan para desayunar ni para el polvo mañanero, porque la resaca se pasa mejor en casa de una, coño.

Estas historias llevan divirtiendo a mis amigos, compañeros de trabajo y espontáneos durante toda mi existencia. Y este es el momento para que tú leas sobre mí: desde miradas furtivas en callejones de Madrid, hasta tríos con personajes de la farándula.

PRIMER ARTÍCULO: EL DÍA QUE ARRINCONÉ A DOBLE VIDA EN UN CALLEJÓN

La siguiente historia está basada en hechos reales. Los nombres y localizaciones han sido alterados para la protección de la imagen e integridad de las personas involucradas.

¿Habéis jugado a Tinder? Yo me lo he pasado. Derecha, izquierda, izquierda, izquierda, derecha, un “Hola guapo”, una caída de pestañas virtual y alá, al lío. Os aseguro que mucha de las historias que voy a contar tienen como protagonista a un chico Tinder. Y el de hoy es uno de mis favoritos.

 Doble Vida es ese chico con presencia de hombre serio, gafas redondas de moderno, repeinado cual victoriano, barba acicalada y espesa que ocultaba su cara de niño y una voz grave con la que hubiera dejado que me susurrara cerdadas sin conocerme. El chico era mono, pero escaso en altura y escueto en palabras. No me hubiera importado este último rasgo, si no fuera porque las pocas palabras que pronunciaba eran misteriosas.

“-¿Qué has hecho hoy?

–Nada, tenía unos asuntos que resolver”.

Ah OK. Tanta información, no, por favor, que me abrumo.  

“-¿Tienes Facebook?

– No, no lo uso”.

Genial, no podré espiarte hasta la saciedad e identificar si eres igual que en las cuatro fotos borrosas de tu perfil de Tinder. ¿Qué nos ha pasado a las mujeres que ya no podemos salir con alguien sin antes certificar que en todos su perfiles, poses y sonrisas nos gusta, sin antes aprobar cada comentario o publicación? ¿O sin antes cerciorarnos que no tienen pareja? ¿Tantas historias de infidelidades y rarezas nos cuentan que tachamos a todos de lo mismo?  Yo por lo menos, así lo hice, y sospeché de él. Mucho. Le llamé Doble Vida y bromeaba con que los fines de semana se iba de paseo con su mujer e hijos… “- Qué graciosa eres, eh…”. Sí, muy graciosa, lo sé, pero ¿podrías al menos negarlo?

Los asuntos y las cosas se multiplicaron en su vocabulario, y yo ya no podía con mi curiosidad. ¿Este tío quería jugar al misterioso, traficaba armas o de verdad tenía novia? Así que puse en práctica las técnicas de investigación aprendidas durante todos estos años en Facebook. Una tarde invertida para no encontrar mucho, salvo sus dos perfiles de Facebook, uno con 74 amigas con nombres como Yolanda La Morena y vestidos vaqueros prietos que marcaba hasta su alma; y otro de persona normal con fotografías antiguas, cuando aún era un pardillo sin pelo en la cara (cómo de fácil lo tienen los hombres para pasar de frikis a modernos).

“-Vaya, así que no tenías Facebook eh…

-Ya, es que no me fiaba de Tinder”.

Y fin de la conversación. Chin pún. Finito. Esa era toda la explicación que me dio.

-“Ah vale”- escribí en Whatsapp haciéndome la guay, mientras sacaba un pantallazo y se lo enviaba a todos mis grupos acompañado con emoticonos de indignación

 ¿Aún así, de verdad creéis que me importó esta señal clarividente de que podía ser putero o simplemente raro? No. Aquí se ha venido a jugar, así que quedé con él un miércoles, en un restaurante lleno de gente, por si las moscas. Él apareció como si fuera un niño del Colegio El Pilar: polo blanco, rebeca burdeos y vaqueros pitillos. La primera vez que le vi confirmé que era el mismo de las fotografías de Tinder. Bien. La segunda mirada que le eché me confirmó a mí misma que era mono. Genial. Siempre me han encantado las incursiones furtivas de entre semana.  

 Cenamos, bebimos y descubrí que realmente era simpático, así que comenzó el tonteo, el toqueteo de pelo y brazo, la mezcla de sonrisas de niña tímida con palabras subiditas de tono.

-“Sí, ese es mi perro… qué bonito, ¿eh? Sí sí, pasa a la siguiente que hay más fotos. ¡Uy no! Si esa soy yo al salir de la ducha, ¡qué fallo! ”. Guiño, guiño.

Esta técnica la tengo depuradísima, parece hasta casualidad, no digo más. 

Del restaurante, pasamos a un local en la Calle Alcalá. Para ser un miércoles, yo llevaba ya media botella de vino blanco, dos vodkas con Red Bull y me había desabrochado la camisa para dejarle ver las bondades que Dios me regaló. Fue entonces cuando me pareció una idea buenísima retomar lo mejor de mi adolescencia, y abalanzarme sobre él en mitad del bar para morrearle lascivamente, toquetearle y decirle obscenidades varias al oído.

-“Yo no soy así, de verdad. Es la primera vez que hago esto…”

Sí, claro… 

Y vuelta a la lengua. Él no decía nada, se dejaba hacer… Salimos fuera, acalorados y él un poco avergonzado. Y aunque tuve una primera intención de marcharme, le agarré el paquete y le dije: “Esto hay que resolverlo aquí”. Quizá el Absolut me cegó, o yo ya nací con esta tara de calenturrienta, pero de repente le chillé: “Al callejón”. Podéis imaginar la cara de Doble Vida en esos momentos. Se debatía entre la rectitud o seguirme para conseguir un polvo. Pero mientras él tomaba la decisión, yo ya le había acorralado en la esquina.

De fondo, la Cope, con sus mensajes prejuiciosos lanzados al aire; delante, los últimos clientes del bar; y en medio, en la penumbra, mi yo más adolescente jugaba al despiste: mano por aquí, mano por allá, que si te enseño un pezón, que si te lamo el cuello… 

Doble Vida no folló aquella noche. Ni yo tampoco. Unos borrachos pasaron por la calle y nos distrajeron, y con las mismas cogí un taxi, sin él, para marcharme a casa. El taxista estaba escuchando la Cope y justo en ese momento, un antiguo profesor mío aparecía en antena. Si él hubiera sabido lo que estaba haciendo su alumna favorita justo en frente de su redacción…

 

Firmado: Jackie Brown

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