Nunca cambiar de trabajo había sido tan gratificante

“Vaya chicos, resulta que me voy de la empresa, vamos a celebrarlo con unas cañas”; en qué momento estas palabras salieron de mi boca.

Las cañas se convirtieron en copas, y las copas pasaron a chupitos. Y sin saber cómo has llegado ahí, acabas bailando reguetón del duro con el tío del departamento de abajo, con el que hasta la fecha sólo intercambiabas chistes malos de Jedis y súper héroes. El caso es que al final, una cosa lleva a la otra, y como ya tenemos una edad, decides invitarle a casa. Si total… ¡Para lo que te queda en el convento!

Llegáis a casa. Y la verdad, no sabes ni cómo pudiste abrir la puerta. Y cuando por fin atinas tú con las llaves en la cerradura, el que no atina es él. Pero en nada, vamos. Menudo desastre de noche. De tío y de todo. Si se lo hubiera propuesto no habría podido fallar en nada más. Tuve pleno en todo lo que podía salir mal. Lo único que pilló el muy cabrón, fueron las fotos que me hizo en bragas dormida en mi propia cama. Esas que a la mañana siguiente enseñó nada más llegar al curro (que aún compartíamos).

Porque sus compañeros no le creyeron, y él, en el buen acto del samaritano y con el a ver quién la tiene más larga masculino, tuvo a bien dejar constancia y pruebas gráficas de los lacitos morados de mis bragas. Esos mismos lacitos que me describió a la perfección otro compañero (al que prácticamente tuve que amenazar/sobornar) para que me confirmara algo que ya sabía todo el mundo, en una conversación telefónica una semana más tarde. Cuando la foto ya había rulado y la había visto hasta el apuntador.

En ese preciso momento se te pasan mil cosas por la cabeza. Desde valorar la mierda de sociedad, con el típico pensamiento ingenuo de: “joder, esto sólo les pasaba a otras”. También me enfadé mucho conmigo misma, “pero tía ¡cómo coño no te diste cuenta???!! Menuda pedazo de pardilla gilipollas!” (#METOO a mí misma).

Así que tras el auto-castigo, que no lleva a ningún sitio, tomé cartas en el asunto. Hablé con el maravilloso fotógrafo en cuestión. Que no sólo se hizo el chulo indignado, sino que además me proclamó como la loca exagerada de turno, que hacía un mundo de algo que ni siquiera sabía si era real. Vamos, una mítica vuelta de tortilla.

Le denuncié, pero sin pruebas gráficas de ningún tipo, es algo muy difícil de llevar a ningún lado.

Después de eso, intentó contactar conmigo para decirme que había manejado todo fatal. Porque en realidad, sentía cosas por mí desde hacía muchos meses y estaba súper arrepentido. (Inserte aquí emoji de los ojos en blanco).

Y ya no sé, qué me sorprende más. Si la estupidez a la que el ser humano llega, o lo mierda y vulnerable que, como mujer, a día de hoy, muchos meses después de que todo pasara, me sigo sintiendo. Sin saber si mi culo y mis bragas de lacitos morados somos fondo de pantalla, o carne de chat de grupo de WhatsApp del club de los cuñados.

 cambiar de trabajo

Ilustración por Mimí Granizo

Queremos animaros a TODAS, a que denunciéis este tipo de comportamientos.

Dejamos una cuenta de correo electrónico, al que podéis mandar cualquiera de vuestras malas experiencias, para denunciarla públicamente en forma de diario anónimo como este, o simplemente para desahogaros. 

mail-2

 celia@madgirlsmagazine.com

¡¡NO ESTÁIS SOLAS!!.

Y desde este medio queremos que seáis conscientes de ello.

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